Obama, otro muñeco roto de la esperanza

Juan Alberto Sánchez Marín

El nuevo presidente de los Estados Unidos, Barack Hussein Obama, ha despertado un paroxismo global de esperanzas de renovación, que llaman la atención, sobre todo, si se tiene en cuenta que el elegido será el presidente de un país venido a menos, que aún no termina de salir de una grave crisis financiera y ya se apresta a entrar en una insondable recesión económica. Un país inmenso, es cierto, empequeñecido a más no poder por su ancestral mezquindad. No en vano ese, y no otro, ha sido y es la punta de lanza del capitalismo más brutal. Keynesiano, Neoliberal, o el que sea, siempre inhumano. Sobre ese sistema edificó su imperio y desde la altura de ese imperio pule día tras día sus bajezas. Una engañosa defensa de la libertad, la libertad misma completamente falsa, un mercado libertino, unas finanzas ficticias, unas promesas embaucadoras. Eso es el “sueño americano”, el “American way of life”, una total y absoluta mentira de cabo a rabo. Los blancos del sombrero tejano le dejaron al negro la Casa Blanca manga por hombro. Se gastaron los dólares, despilfarraron las últimas monedas, empeñaron los tarecos que pudieron y vendieron hasta los enchufes. Obama tiene enfrente un país al garete. Y todavía faltan varias semanas para que pueda sentarse detrás del apolillado escritorio Resolute, en el Despacho Oval. Bestiario demócrata En los 232 años que han transcurrido desde cuando se proclamó la independencia del dominio británico de las Trece Colonias Unidas del Norte de América, la historia diaria del resto del mundo y, específicamente, de la América Latina y el Caribe, está llena de injerencias y agresiones. Las estrategias de control, dominación y saqueo utilizadas por los grupos dominantes en Estados Unidos contra los países nunca han sido tan diferentes entre republicanos y demócratas. Dos caras del mismo “One Dollar”. No hace falta hacer un parangón entre unos y otros. Los demócratas, por sí solos, han dejado un reguero de despojo y sangre en todas las latitudes. Un mundo que ellos creen que les queda pequeño, pero en el que en realidad ellos han carecido de la suficiente grandeza para algo tan sencillo como la convivencia pacífica. Hablando de demócratas, fueron demócratas Truman, Kennedy, Carter y Clinton, para citar sólo algunos recientes. Y paremos de contar. Truman, el Harry de las masacres de Hiroshima y Nagasaki, y de la “Doctrina Truman”, para erradicar el comunismo del planeta, a punta de intervencionismo y plomo. Kennedy, que apoyó el plan de la CIA para la invasión contrarrevolucionaria a Cuba, y dio inicio al cruel bloqueo económico contra la isla. Un John Fitzgerald bonachón y locuaz, acusado de la autorización inhumana para la utilización de napalm y agente naranja en el conflicto de Vietnám. El Jimmy de la “Doctrina Carter”, desempolvada y aplicada por Bush, mediante la cual los Estados Unidos se licencian a sí mismos para hacer y usar lo que sea, incluyendo la fuerza militar, para enfrentar y neutralizar a cualquiera que ponga en riesgo los recursos estratégicos del Golfo Pérsico, o de donde sea. El Jimmy del Centro Carter, Nóbel de Paz, que se enredó en Irán y legó un conflicto que todavía no se destraba. El mismo Jimmy que saludaba a Pinochet en la Casa Blanca, mientras en Suramérica se llevaba a cabo el nefasto “Plan Cóndor”. Y William, el dicharachero de las pilatunas, distinguido por omisiones fatales, como la que derivó en el asesinato de un millón de personas en Ruanda, en 1994. Clinton, que endureció el bloqueo a Cuba aplicando la malhadada Ley Helms-Burton. Bill, que bombardeó Servia y desató la guerra de Kosovo. Y que mandó sus marines a jugar tiro al blanco en África, Haití y el Medio Oriente. ¿A cuál se parecerá Obama? En su gobierno, por supuesto, quién sabe. Físicamente, claro está, a ninguno. Se sostiene que es idéntico a Kennedy, en cuanto a carisma y labia. Que sonríe como Carter, de medio lado y trazando una parábola. Michelle debe rezar para que no se parezca a Bill. Y todos los demás debemos hacerlo para que no tenga nada que ver con el sicópata de Truman, uno de los mejores presidentes de los Estados Unidos de América. La senda del elegido Barack Hussein Obama, ¿bueno, muy bueno? ¿Para quién o quiénes? Lo maravilloso de Obama es pasajero, fugaz, está hecho con los materiales deleznables de la publicidad. Su imagen es fractal, con los afeites y las gominas del marketing, y la ubicuidad maluca que proporcionan las nuevas tecnologías de la comunicación y la información. El libre albedrío de Obama tiene límites estrictos y preconfigurados. Esa ilusión de cada instante, como dijo el escritor argentino Jorge Luis Borges, será la libertad de Obama para actuar, y la nuestra para creer que lo hace, que además lo hace bien, y que por si fuera poco nos resulta conveniente. Obama no sería bueno ni aunque fuera pobre, que no lo es. Pobre, que no es ser una minoría, sino la mayoría. Su patrimonio neto está en 1,3 millones de dólares, que es ser más o menos pobre en el rango de los 600 billonarios de la revista Forbes, pero riquísimo en el rango de los 6000 millones que somos todos en el planeta, donde más de la mitad del mundo, más de 3000 millones de personas, tienen que vivir con menos de un dólar al día, o sea, con 365 dólares al año. No es que la pobreza o que los pobres del mundo sean representativos. Es que los pobres están en las zonas más ricas del planeta. Y es allí donde están los intereses de las grandes corporaciones. Y estas no van a permitirle hacer nada bueno a ningún presidente de ningún país. Menos aún, al presidente del país adonde pertenecen la mayoría de las más grandes e importantes compañías, es decir, al país encargado de velar porque nadie afecte los intereses de esas corporaciones, y que, por el contrario, debe protegerlas, apoyarlas y fortalecerlas, invadiendo los países en los que se apiñan esos pobres, además de desarrapados, desalmados. Así que Obama no ha hecho ni hará nada por nadie que no sean quienes lo pusieron allí donde estará, que son quienes ya sabemos. Y si por alguna impredecible razón a Obama se le ocurriera hacer algo, lo más mínimo, pues acabaría como han acabado quienes a lo largo de la historia han intentado hacer algo o dicho que lo harán. Por ejemplo, Lincoln, que ni siquiera era del Partido Demócrata. O mejor, Kennedy, que nunca hizo nada, que nunca dijo hacerlo, que ni siquiera pensó hacerlo, pero que a algunos, a los que importan, en su paranoia se les ocurrió que lo haría. Obama no sería bueno ni aunque fuera indio, que no lo es. Ni aunque fuera latino, que tampoco lo es. Ni aunque sea negro, o, por lo menos, mulato, que sí lo es. No lo sería ni aunque fuera socialista, que no lo es, o comunista, que ni de fundas. No lo es ni aunque sea demócrata, que sí lo es, por la misma razón que ningún demócrata ha sido bueno para algo y en cambio sí muy buenos para nada, al menos en relación con América Latina y el Caribe. La cuestión no es si Obama quiere o no quiere. No es saber quién es Obama, si es esto o aquello, o de dónde viene, Más Illinois, Honolulu, Kansas, Kenia. Más blanco o menos negro, o más musulmán y más Hussein. La cuestión no es si nos tiene en cuenta o no nos tiene en cuenta (que no nos tiene, desde luego, y ni siquiera ha pisado nunca suelo latinoamericano), o si nos quiere o no nos quiere. La cuestión verdadera es si puede o no puede, y es claro que no puede. Ni va a querer ni va a poder cambiar nada. Obama será presidente por los capitales multimillonarios que donaron unos cuantos poderosos, antes que por los miles de dólares donados por los millones de estadounidenses de a pie, que sacaron de la alcancía lo que pudieron. Y a los 2 o 3 años Obama tendrá que empezar a pensar en la reelección, pues cuatro años no son nada en el concierto de 16 años de la casa Bush. Una reelección que, al igual que la elección, no será posible sino con la aquiescencia y los millones de los poderosos. Una reelección que habrá que buscar a toda costa, si se quieren otros cuatro años para hacer lo mismo que en la primera presidencia: nada, pero necesarios para tratar de dejar la impresión contraria. La apuesta en falso No deja de ser alentador, por lo menos emocionante, ver que tanta gente, de tanto pueblos de tantas partes del mundo, crea en Obama, en lo que él significa y en lo que puede hacer. De la misma manera, no deja de ser desconsolador ver que tan poquitos, de esos tantos, cumplirán su anhelo de aliviar o paliar, por lo menos, de alguna manera, sus necesidades y problemas. Es decir, tan poquitos de tan poquitas partes del mundo los estadounidenses que se beneficiarán en alguna medida con las buenas o muy buenas, malas o muy malas medidas del presidente. Obama ha llegado a la presidencia gracias en buena parte a que supone un cambio, así ha sido la oferta de su campaña y así también se ha vendido él a los estadounidenses, que, como cualquier sociedad, después de soportar a Bush durante 8 años, lo anhelaría. Obama ha hablado de cambio y por eso ahí es comprensible que se hayan venido fundando tantas esperanzas en un cambio que se sueña, que se desea, que se requiere con urgencia. Pero lo que hay que saber es que Obama hablaba de cambio para que precisamente nada cambie. Proponer el cambio, vender el cambio, es la mejor forma de darle continuidad a las cosas tal cual están. La oferta del cambio es la prolongación de lo invariable. Dentro de 4 y 8 años se volverá a hablar sin remedio de cambio. No más desgracias con Obama. Venga ahora la Clinton con su Bill, que sí es el cambio, o Jeb, el hermano del actual Bush, que será el nuevo símbolo de un nuevo viraje hacia ninguna parte: otro cambio. Por qué no, luego podrían ser Barbara o Jenna Bush, las hijas gemelas del actual George, para hacer aún más ligera la figura presidencial y reivindicar a su padre del ostracismo en el que estará. Un simple salto del sitio “thefirsttwins.com” a “whitehouse.gov” Por si subsiste alguna duda, ya lo dijo con claridad el propio Barack Obama en su discurso posterior al triunfo: “Somos, y siempre seremos, los Estados Unidos de América”. Los elementos del desastre América Latina es una región vendedora, mal vendedora, de materias primas. Por los fusiles de los marines apuntando en la sien, por políticas desgraciadas, por clases dirigentes enajenadas, porque sí, he ahí la tragedia. Como lo dijo hace tiempo algún gurú del mercado, “en los negocios no se consigue lo que se merece, se consigue lo que se negocia”. Y nuestros negociadores han sido traidores de alto vuelo. Eficaces para los bolsillos propios, particulares o de clase, y nocivos para los pueblos. Es Nuestra América atávicamente inmersa en un juego amargo, con los términos ajenos y las reglas del comprador. El alto nivel de dependencia de América Latina con los Estados Unidos, como principal comprador de las materias primas y de los incipientes y débiles productos de la región, hace que se mantenga inamovible el comercio de ruleta rusa con los gringos, con la única excepción de Cuba, y ahora de Venezuela, que tímidamente empieza a tocar otras puertas, y a buscar nuevos socios comerciales y hasta otras maneras de intercambio. Mientras a nuestras economías, a nuestros cálculos y a nuestros pueblos les vaya tan mal. Mientras no seamos autónomos, autosuficientes, o, por lo menos, diversificados. Mientras seamos sólo productores de materias primas, unidireccionales y hasta motocultivadores. Mientras dependamos de un solo comprador o apenas de unos cuantos, tendremos que seguir fundando pueriles esperanzas en el próximo presidente del país comprador, el poderoso consumidor de nuestros recursos y de nuestras bagatelas inacabas, que nos permite la supervivencia, embobados en un falso discurso de oportunidades que son oportunismos, TLC´s y progreso. Y entonces tendremos que seguir creyendo que el próximo presidente será bueno y conspicuo. Ojalá que los procesos en marcha, de la unión latinoamericana y caribeña, con todo lo que tienen de difíciles y de campo minado por tantos intereses y egoísmos, no sucumban ante la oferta embaucadora que de seguro vendrá del Norte con Obama y su cohorte, si hay algo de inteligencia, y nos han excitado indicando que sí la hay. Unos ofrecimientos que son celadas, llenos de acuerdos binacionales para la prosperidad mutua, exhumadas alianzas para el progreso, exenciones arancelarias mezquinas pero engañosas, tratos preferenciales con embutido, cooperaciones falaces y a tres bandas con Europa e Israel, planes Colombia e iniciativas Mérida, para la sujeción y la mayor desgracia de la región. Y ojalá que la interesante experiencia de Obama como organizador comunitario le permita ver que es mejor quedarse quieto y dejarnos tal cual, a latinoamericanos y caribeños, desorganizados y tranquilos, despelotados y tribales, y entender que aunque seamos comunidades al desgaire, lo que menos necesitamos es la ayuda de un país radiante en las cifras y organizado de mentira.

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