Argentina: crecer en la derrota.

Marcos Salgado

La presidenta Cristina Fernández debió derogar la resolución que elevaba los impuestos sobre las formidables ganancias del campo argentino, luego que el Senado –con el paradójico voto del vicepresidente- dijera ”NO” a la formalización parlamentaria de aquella medida, que buscaba reforzar un camino tímido de redistribución del ingreso en Argentina. Es la primera derrota política de su gobierno y también del anterior, el de su marido Néstor Kirchner. Una derrota que obliga a pensar en nuevas alianzas y nuevos caminos si de consolidar otro modelo de país se trata. En este mismo espacio, hace poco más de un mes, hablamos de la “ofensiva” del gobierno de Cristina Fernández al enviar al Congreso Nacional un proyecto de ley que revalidara una resolución ministerial que imponía retenciones variables a las exportaciones millonarias del agro argentino, especialmente al creciente mercado de soya transgénica. La presidenta puso fin así a un agresivo lock out patronal del campo, que paralizó el tránsito por buena parte del país y complicó seriamente el abastecimiento de materias primas a las ciudades durante más de tres meses. Pero el aire político de aquella ofensiva duró poco. La presión de los lobbys patronales en el Congreso pudo ser sorteada en la cámara de Diputados incluyendo modificaciones que no alteraban lo central de la medida, no sucedió lo mismo en la cámara de Senadores. Mientras los diputados representan proporcionalmente a la población del país y son elegidos por distritos, los senadores representan por tríos a cada provincia. Dos por la mayoría y uno por la minoría. Tradicionalmente, es la cámara que representa más cabalmente a las élites de cada región de la Argentina. No fue distinto esta vez. Para completar la entente, no se debe olvidar el papel central de los medios de comunicación, con intereses económicos concretos en el campo, que lograron presentar el reclamo de los dueños del campo como una cruzada nacional y a la presidenta como una mujer soberbia que se negaba a escuchar. La ausencia de una política comunicacional del gobierno en la crisis agudizó el efecto devastador de esa campaña mediática. En ese marco, varios senadores oficialistas votaron en contra del proyecto oficial hasta arribar a un empate que fue resuelto según el reglamento de la cámara: la decisión final en manos del vicepresidente de la Nación y presidente del cuerpo, hoy por hoy el compañero de fórmula de Cristina Fernández, Julio Cobos. Viéndolo de afuera, se debería descartar que aquel que pertenece al gobierno al punto que es el segundo en la sucesión presidencial debería acompañar la política del Ejecutivo, pero las cosas no fueron tan simples: Cobos votó contra el proyecto oficial y desató una ola de especulaciones sobre el futuro del gobierno de Cristina Fernández. Luego de una semana y aventados los pronósticos tremendistas, se pueden apuntar algunos elementos para tratar de entender la encrucijada argentina actual. – No hay crisis institucional. El rol del vicepresidente en la Argentina tiene sus particularidades. Aunque es un cargo electivo, en conjunto al del presidente, no tiene tareas prefijadas. Sólo aquellas que le delegue más o menos formalmente el jefe de Estado. El único espacio que le reserva la Constitución es ser el presidente del Senado, pero allí no tiene voto, salvo en un caso de desempate como el que se dio la semana pasada. Así, el vicepresidente suele ser una figura decorativa, que utiliza ese cargo para aspirar a otros con más influencia política, como las gobernaciones provinciales. De esta forma, no puede haber de aquí en más una crisis institucional por colisión de decisiones entre la presidente y su vice. Aunque algunos “formadores de opinión” se esfuercen por estas horas en llamados a la concordia entre Cristina Fernández y Julio Cobos, lo que ocurrirá es sencillo: el peso institucional del vice queda absolutamente anulado, pero no así su peso político. – Un aglutinador de la oposición. Julio Cobos, de origen radical –la segunda opción del bipartidismo argentino del siglo XX- podrá ser ahora un referente aglutinador de la oposición de derecha al gobierno, desfragmentada y sin rumbo en el último quinquenio. Sin embargo, este proceso no será automático, y ya algunos referentes de esa oposición plantearon más o menos abiertamente sus celos hacia el emergente Cobos. – La irrupción del Congreso en la vida política. El parlamento estaba absolutamente devaluado en la Argentina. Durante los cuatro años del gobierno de Néstor Kirchner, a pesar de tomar algunas decisiones históricas, como la derogación de las leyes de impunidad sobre los crímenes de la dictadura, no fue un espacio de discusión y negociación entre partidos y de éstos con otros sectores sociales. Aunque el gobierno tiene mayoría en ambas cámaras, los hechos recientes demostraron que el predominio es frágil. La presidenta lo sabe: una de sus primeras acciones tras la derrota de la semana fue llamar a la residencia presidencial a todos los legisladores “propios”. Un mensaje de respaldo y también un toque de atención para terminar con el letargo. El oficialismo deberá en ese ámbito tener un discurso coherente y propuestas claras hacia lo que puede constituirse en el próximo gran desafío del gobierno K: los comicios parlamentarios del 2009. – Avanzar o transigir. En rigor, las elecciones para diputados del próximo año están –para los tiempos políticos de la Argentina- demasiado lejos. No se puede esperar tanto tiempo para retomar la iniciativa política, ahora en manos de una derecha empresarial que logró su objetivo básico: la marcha atrás en impuestos que buscaban redistribuir apenas una parte de los excedentes extraordinarios. En las últimas horas, una pieza clave del gobierno, el jefe de Gabinete Alberto Fernández presentó su renuncia, y se esperan otras. Un gesto de oxigenación que puede ser alentador, pero que no significa mucho para el ciudadano de a pie. Lo cierto es que más allá del cambio de nombres, la encrucijada tiene, básicamente, dos salidas: negociar con la derecha y detener hasta paralizar la ya lenta marcha de los cambios en el modelo capitalista argentino, o gobernar en alianza con los sectores sociales, políticos y sindicales que apoyaron las retenciones al campo y que piden otras, más otros impuestos a la riqueza, como vía inicial para acabar con la miseria y la desigualdad extrema de la Argentina.

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