Uribe recargado.

Marcos Salgado

La liberación de Ingrid Betancourt, los tres funcionarios del FBI de Estados Unidos y otros 11 militares y policías colombianos son un enorme espaldarazo a las ansias reeleccionistas del presidente de Colombia, Álvaro Uribe y -por lo mismo- un duro golpe contra la democracia y las libertades en el país que -desde ahora todavía más- se yergue como una peligrosa Israel en América. Es necesario separar rápidamente la paja del trigo. Más allá de la alegría lógica por el fin del padecimiento para Ingrid, no es menos cierto que desde su primera aparición pública y lejos del cualquier shock emocional la ex candidata presidencial le otorgó un enorme respaldo al presidente de Colombia y a un ejército responsable de múltiples crímenes. Aunque en sus últimas declaraciones moderó su discurso de apoyo, ella, como hábil mujer de la política, sabe que su primera imagen vestida con sombrero y chaleco de comando vale más que mil palabras. “Hoy quiero ser un soldado más de este ejército”. “La reelección de Uribe fue un duro golpe contra las FARC”. Esas y muchas otras frases dijo Ingrid Betancourt en su primera aparición pública tras la exitosa operación del ejército colombiano que le devolvió la libertad tras 6 años de permanencia en manos de las FARC marcan a fuego la política colombiana de los próximos meses, o años. “Fue un operativo cinematográfico”, repitieron una y otra vez el presidente Uribe, el ministro de Defensa, Juan Manuel Santos, los jefes militares y los medios de comunicación acólitos en torno a la versión oficial sobre la acción militar que terminó en la libertad de los más importantes retenidos en manos de las FARC. Pero ya se sabe, el cine es una fábrica de sueños. El operativo -tal como se contó desde el Palacio de Nariño- no es menos fantasioso que los de celuloide. Aunque restan conocer detalles, varias fuentes coinciden en que las cosas no fueron como Uribe las contó. Falta precisar si hubo una recompensa millonaria e inmunidad para los responsables de la retención de Ingrid y los otros, o la traición de algún grupo negociador o una combinación de ambas. Provisoriamente, habrá que anotar que las FARC -aunque indudablemente golpeadas- no están tan vencidas como las autoridades colombianas pretenden mostrar. Si como lo quiere hacer aparecer Uribe, el secretariado de las FARC y los responsables de la detención de la señora Betancourt y los otros fueron infiltrados, hay que concluir que la más veterana guerrilla del continente está en serios problemas. Si sus déficit de comunicación en la montaña son tan grandes, no sería incluso difícil pronosticar una rápida liquidación militar. Pero ya se sabe que las cosas no fueron así, y ese es un primer dato para anotar: las FARC siguen siendo un actor central en la política colombiana. Pero no la tienen fácil. En estos días -por acción o omisión- fracasaron en la medida que Álvaro Uribe consolidó su política, con la ayuda inconmensurable de Ingrid Betancourt. Es que más allá de todo lo que falta saber sobre lo que sucedió el miércoles 2 de julio -que conozcamos más será tarea de los periodistas con fuentes en las FARC, que por su trabajo profesional son perseguidos por el Estado uribista- lo que sí está claro es que el presidente de Colombia sale repotenciado. Con Ingrid libre y alabándolo, Álvaro Uribe logra varias victorias simultáneas, a saber: Manda a callar a sus principales críticos. Yolanda Pulecio, la mamá de Ingrid, tuvo que soportar a un Uribe que le reclamaba “un poco de amor” en cadena internacional de medios desde el Palacio de Nariño. Los familiares que reclamaban que no haya rescate a sangre y fuego y veían en Uribe una amenaza se quedaron sin argumentos. También aquellos que veían en el canje humanitario una vía para la construcción de una paz durarera en Colombia, como la senadora Piedad Córdoba, han debido llamarse a silencio. Reinvidica a un ejército asesino. Mario Montoya, a quien Ingrid abrazó, agradeció, y alabó en su primera aparición pública tras el fin de su cautiverio es un hombre varias veces condecorado en Estados Unidos. Su curriculum incluye vínculos con batallones clandestinos que secuestraron, asesinaron y atentaron contra dirigentes de izquierda entre 1978 y 1979. El actual titular del Ejército era el Jefe de la Fuerza de Tarea Conjunta del Sur entre 1999 y 2001. Los 100 cadáveres encontrados en el Putumayo en una fosa común, en 2007, datan de esa época. Varias investigaciones ligan aquella fuerza de Montoya con los paramilitares responsables de aquella matanza. Potencia su re-reelección. Cuando hasta su reelección misma estaba cuestionada a nivel judicial por aquel oportuno tráfico de influencias para comprar el voto de la legisladora Yidis Medina, aparece Ingrid Betancourt y nos explica que aquella reelección fue poco menos que la llave para comenzar a resolver los problemas. Nunca una mejor agente de prensa. ¿Quién cuestionará ahora un tercer mandato del hombre que es cabeza de playa de Estados Unidos en la región? Debe ser ese triunfo el que explica esa sonrisa del mandatario colombiano que desde el jueves pasado no lo abandona y casi no le cabe en la cara. Excluye a América del Sur. Recordemos al Álvaro Uribe de la cumbre de Río, en República Dominicana, buscando conmiseración tras una avalancha de críticas. Ignorado por un -aún enojado- presidente de Ecuador. Un Correa que no le perdonó ni le perdona la irrupción en su territorio. Recordemos a la Colombia vilipendiada diplomáticamente en la OEA, obscenamente refugiada tras la coraza de dos solitarios aliados: Estados Unidos y México. Uribe recibió otro espaldarazo inconmensurable de parte de una Ingrid Betancourt que agradece a Venezuela y Ecuador pero -inmediatamente y con una elegancia dudosa- manda a callar a los vecinos, asegurando que en su país hay “una democracia” y que “nadie eligió a las FARC”. En buen cristiano, dijo que los trapitos colombianos se secan en casa. Este es, precisamente, el punto que se debería repensar. ¿El conflicto colombiano es interno o, por el contrario, es regional? Es regional, por varias razones. Anotemos tres. Es regional, en la medida que -con colaboración de los Estados Unidos- Colombia ataca territorio extranjero para liquidar a un jefe guerrillero, como en marzo pasado en el sur de Ecuador. Aunque el presidente de ese país, Rafael Correa se señale la frente y diga estar “hasta acá” del conflicto colombiano, no es menos cierto que debe lidiar con su vecino de la frontera norte, por la acción de éste, si quiere ejercer un gobierno soberano como prometió en su arrolladora campaña electoral en 2006. Es regional porque la presencia de los Estados Unidos en Colombia, una y otra vez justificada por el uribismo y documentada por decenas de informaciones, es una amenaza regional. Ante todo, para los gobiernos progresistas de Venezuela y Ecuador. Tal como le advirtió el presidente boliviano Evo Morales a su par peruano, García, quien lo mandó a callar por sus apreciaciones sobre la posible futura presencia de uniformados de Washington en Lima. Dijo Evo tras la reunión del Mercosur días atrás que una base militar extranjera en cualquier territorio de América Latina “es una cuestión regional”. Y denunciarla no es intromisión sino “una orientación a nuestros pueblos”. Un aviso. Es regional porque desde que el mismo Uribe, preso por sus apremios internos le pidió ayuda al presidente de Venezuela Hugo Chávez y a la senadora colombiana Piedad Córdoba, y luego recibió en silencio representaciones de primer nivel de Brasil, Argentina, Bolivia y Ecuador para garantizar las liberaciones unilaterales de los primeros retenidos, en diciembre-enero último. En suma, el fortalecimiento de Uribe es una mala noticia para las instituciones colombianas, y también, una mala noticia para la paz a largo plazo. Seguramente veremos ahora a las FARC replegarse políticamente y enmudecer, y -como no están vencidas- perdurarán al menos en el mediano plazo. ¿A quién conviene este escenario? Ante todo, al formidable negocio de la industria militar y a los intereses de Estados Unidos, que se mueve a sus anchas en su cabeza de playa subcontinental, Colombia, con la excusa del terrorismo. Conviene a Uribe, sin duda, para mantener en el fantasma masivamente desacreditado de las FARC la excusa para sostener una hegemonía basada en el exterminio de sindicalistas, dirigentes sociales y opositores conflictivos en general. Visto así, los hacedores de la paz en Colombia seguirán siendo los mismos que hasta aquí actuaron para un canje humanitario y un acuerdo de garantías que permita una desmovilización de las FARC que no desencadene otra matanza al estilo Unión Patriótica. Aunque ahora la ex (¿o también futura?) candidata a la presidencia Ingrid Betancourt eclipse -por lo oscuro- la ansiada paz en serio que colombianos y colombianas necesitan y sueñan.

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