“Llegará el día en que nuestro continente hable con voz de pueblo unido”

Jesús Hinojosa

Esa mañana del 11 de septiembre de 1973, una nube fría y turbulenta se posaba sobre la nación chilena, la estela de la muerte se paseaba por las calles hecha brisa, y la risa de la desesperanza se hacía eco en todos los rincones de aquella Chile hermosa, del socialismo de Allende. Su corazón latía con tristeza mientras su garganta lloraba por la traición, él hablaba a la nación, su razón le había advertido, pero su corazón no. ¡Viva la patria! ¡Viva Chile! Y así termino su alocución, cunado de pronto se escuchó en medio del silencio que traía consigo el llanto de un pueblo, un timbre que era como el de una campana de colegio que anuncia que es hora del recreo y la diversión, pero aquí, por el contrario, anunciaba que la batalla contra la muerte había comenzado. -Presidente, es el general. – No quiero hablar con traidores, cuelgue ese teléfono. – Presidente, dice que si usted se rinde podrá dejar el país con sus familiares al destino que desee. – Cuelgue el teléfono, es una orden. Dada la orden seguidamente se dirigió (Allende) a su closet personal con paso firme y decidido, como el gigante que sobre su cuerpo lleva consigo el peso de toda la conciencia y dignidad de un pueblo, tomó el casco, tomó su fusil y salió de su despacho; su corazón latió mas fuerte de lo normal, la sangre recorría su cuerpo con mayor velocidad, y su rostro dibujó una lágrima de coraje. – ¿Quién me acompaña?, preguntó. Todos los que estaban bajo su mando se fueron con él; como aquellos que alguna vez dejaron todo por seguir a un hombre que luego fue llamado “el redentor”. Las metrallas fustigaban las paredes de todo el palacio, aquel palacio que días antes había sido revestido con el hierro de la esperanza y reforzado con el poder de las consignas de casi un millón de personas que frente a él gritaban: “Allende, Allende, el pueblo te defiende”. Pero ese día y en ese momento, ese hierro y esas consignas se estaban convirtiendo en paredes de lágrimas y consignas de dolor. – ¡Yo no voy a renunciar! Era lo que en medio de su alocución había proferido a millones y millones de almas, y conciencias que lo oían atentamente, a través de la radio, esperando de él un halo de esperanza. Así transcurrieron once horas de resistencia, desconcierto y llanto de todos en Chile, cuando aquella extraña nube que se posaba sobre el país, desplegó sus alas dejando salir un ave de hierro que solo dejaba entrever sus garras para dejar caer sobre La Moneda, y así sobre todo un pueblo, pequeñas burbujas de la muerte, que contenían dentro de sí un somnífero que atacaba la conciencia y mermaba las esperanzas. Una y otra y otra fueron las burbujas de la muerte que sobre este palacio cayeron, el tiempo se estaba acabando, la vida se estaba esfumando en el aire de la desesperanza, tan rápido como el humo que emanaba aquel fuego, el imperio de la fuerza y la muerte se habían apoderado de todo Chile, de nada servían las lágrimas, de nada valían las consignas, ya todo estaba consumado. Las llamas del fascismo se elevaban a lo alto del palacio, y el mundo volvió a crucificar a un Salvador, a Salvador Allende, y en todos los noticiarios de esa tarde se informaba que “en la tarde de hoy fue hallado en su despacho el cuerpo sin vida de el hasta hoy presidente Salvador Allende, el motivo de la muerte según fuentes oficiales ha sido el suicidio”.

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