En Colombia, las balas no matan el hambre.

Nancy Mastronardi

Sumergidos aún en el ya cansado tema de las supuestas computadoras de Raúl Reyes, líder de las Farc asesinado por el gobierno colombiano el pasado 1º de marzo en suelo ecuatoriano, el país neogranadino y otros que lo financian y lo siguen han dejado a un lado el gran problema que ha generado una crisis a nivel mundial: el hambre. Resulta más importante continuar insistiendo en que el presidente venezolano, Hugo Chávez, según las fabulosas portátiles antibalas y antimisiles de Reyes, está profundamente ligado a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, que tratar de resolver la crisis alimentaria que padece el mundo entero. “Apenas 30 mil millones de dólares anuales serían necesarios para extinguir el hambre y la desnutrición”, sostuvo el director general de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), Jacques Diouf, el pasado 3 de junio en Roma, donde se llevó a cabo la cumbre de esta organización. Sin embargo, Diouf indicó que en armamento se gastan cada año unos mil 200 millones de dólares. “El tiempo de las palabras pasó, ahora llegó el tiempo de los hechos”, reclamó. Otra realidad cruel es el hecho de que el Departamento de Justicia de Estados Unidos fue capaz de ofrecer la suma de 5 millones de dólares por información que condujera a la captura del miembro de las Farc Iván Ríos. Y por acabar con el hambre, ¿cuánto ofrecen? Datos de la Organización de Naciones Unidas (ONU) reflejan que al año mueren a nivel mundial 35 millones de seres humanos. Durante el Día Mundial de la Alimentación que se celebró en octubre, se predijo que 24 mil personas de todo el mundo morirían de hambre. Además, uno de cada ocho habitantes del globo terráqueo sufrirá a lo largo de la jornada hambre extrema. Colombia: hambre, armas y “lucha antiterrorista” A pesar de toda la crisis alimentaria, el Gobierno colombiano invierte incalculables sumas de dinero en armas y en una ?lucha antiterrorista? que ha llevado a ese país a una violencia ininterrumpida por más de 60 años. En Colombia, según el portal educweb.org, existen índices demasiado elevados de desnutrición crónica, aquella que mide el crecimiento del niño respecto a su edad y que compromete su desarrollo intelectual. La última Encuesta Nacional de Demografía y Salud (ENDS), del año 2000, estima que 14% de los niños menores de 5 años sufren retardo en el crecimiento. Trasladando estos estudios a los estratos más bajos, encontramos poderosos argumentos para sostener que en Colombia hay hambre, un hambre selectiva y miserable: recientemente este periódico recogía que 600 mil bogotanos padecen algún tipo de malnutrición, se señala que en las zonas rurales el grado de desnutrición es mayor y podemos aseverar que la población infantil desplazada es la más afectada por carencias alimentarias. En los programas que desarrolla Acción Contra el Hambre (ACH) en la Costa Atlántica, se registran tasas de hasta 46% de desnutrición crónica global entre la población infantil más vulnerable. En Puerto Asís, una encuesta reveló que 51% de los niños padece anemia y falta de hierro, esencial para el desarrollo intelectual, como ocurre en varios países de América Latina Según un trabajo más reciente (2007) presentado en el portal http://www.dhcolombia.info, realizado por el Foro Hambre en Colombia, la explosión de imágenes de niñas y niños indígenas y afrodescendientes en crítica situación de desnutrición es una evidencia palpable de la magnitud del problema del hambre en Colombia. Investigaciones demuestran que entre 1998 y 2002 más de 39 mil colombianas y colombianos fallecieron por causa directa o indirecta del hambre, mientras en 2003 fueron registrados al menos 2 mil 92 casos en los que la muerte fue causada directamente por deficiencias y anemias nutricionales (9 mil 855 decesos para el lapso 2000-2004). Las cifras más recientes de carácter oficial, correspondientes al año 2005, indican que: 12 de cada 100 niños y niñas menores de 5 años sufren de desnutrición crónica. 44.7 % de las mujeres gestantes son anémicas o el 11 % darán a luz bebés con bajo peso; 53% de los menores de 6 meses de edad no reciben lactancia materna exclusiva; 36% de la población tiene una deficiente ingesta de proteínas; 41% del total de hogares colombianos manifiesta algún grado de inseguridad alimentaria. A las anteriores estadísticas debemos agregar el preocupante proceso de dependencia alimentaria que tiende a agudizarse con la aprobación del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y la presentación del proyecto de Ley de Desarrollo Rural que cursa trámite en el Congreso. El informe del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS), difundido en 2006, sostiene que Colombia es el país que, en el contexto regional, más gasta en defensa y seguridad en relación a su producto interior bruto (PIB). Segun dicho informe, Colombia recibió en 2005 asistencia financiera de Estados Unidos por valor de unos 562 millones de dólares, incluidos 100 millones para entrenamiento militar y la adquisición de material bélico, y 462 millones para el Programa Andino de Droga. A finales de 2005, con un préstamo de Brasil, la Fuerza Aérea colombiana adquirió al fabricante brasileño Embraer 25 aviones de combate del modelo EMB-314 Super Tucano. Otro trabajo publicado en el portal de Red Juvenil, de Medellín, sostiene que Colombia vive en una economía de guerra, la cual se manifiesta desde diversas maneras de militarización, una de ellas son las empresas que producen armas, inteligencia, servicios y mantenimiento para la fuerza pública y para las empresas privadas, ya sea de seguridad y otras. “La economía de guerra es el sustento para mantener un Estado corrupto, mafioso y amparado en lo armado. Ya que la intensificación del conflicto es la excusa para aumentar la producción y el desarrollo armamentista, el gasto militar y la seguridad democrática”, asevera Red Juvenil. Colombia es considerado como un país tercermundista. Sin embargo, es paradójico que se esté incrementando la tecnología militar y su industria (propio de la economía de los primer-mundistas), mientras la salud y la educación no cuentan con el presupuesto que necesitan ni con equipos adecuados, no hay tecnología y tampoco se potencian carreras universitarias y tecnológicas en pos de la investigación. Crece entonces en la oligarquía colombiana el deseo perpetuo de mantener la violencia y de asesinar cualquier intento de paz, pues ésta no genera ningún tipo de ganancia. Mientras, la crisis alimentaria aumenta cada vez más, en Colombia y en el mundo, y la inversión en esta materia es vergonzosa.

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