La violencia racista se instala en Bolivia.

Pablo Siris Seade

La violencia racista parece haberse instalado en Bolivia en los últimos meses, particularmente en los departamentos de Santa Cruz, Pando, Beni y Tarija, lo que se conoce como la “media luna” ubicada al oriente boliviano, a través de acciones encabezadas por la Unión Juvenil Cruceñista, la Unión de Jóvenes Autonomistas del Beni, los “jóvenes universitarios” de Sucre, capital del departamento de Chuquisaca, y otros. Todos estos grupos, y otros en los departamentos de Pando y Tarija, se han constituido como grupos de choque de los comités cívicos de estos departamentos, que exigen la aplicación de un modelo autonomista muy distinto al aprobado en la nueva Constitución Política del Estado boliviano. Y es que los estatutos autonómicos que estos comités cívicos promueven rechazan las autonomías de las provincias y municipios (unidades territoriales en las que están divididas los departamentos), así como las autonomías reclamadas por los pueblos indígenas y consagradas en la nueva carta magna boliviana. Los comités cívicos, así como las prefecturas de los departamentos de la “media luna”, han promovido, formado y financiado a estos grupos de choque, y les han dado creciente incidencia y poder en las decisiones que adoptan, y es que es mucho lo que está en juego. Están en juego siglos de dominación y control por parte de muy pequeños grupos oligárquicos -casi aristocráticos- de estos departamentos, que han transferido el gobierno de padres a hijos desde muchas generaciones atrás, y que a su vez se apoyan en los comités cívicos, integrados por los principales empresarios y propietarios de tierras de cada zona. Están en juego las más ricas tierras de Bolivia, así como buena parte de los actuales recursos gasíferos del país y los que aún no han sido explotados. Está en juego un régimen de explotación extractiva de los recursos naturales, que no producen riqueza para el país, sino exclusivamente para los terratenientes asociados a las grandes transnacionales de la alimentación, que sacan del país los alimentos que la población boliviana requiere. Está en juego un sistema social feudal que mantiene a comunidades enteras en situación de semi esclavitud, agobiados por deudas con los terratenientes que se van transfiriendo de padres a hijos y que siempre crecen, condenando por anticipado a los niños por nacer al trabajo de por vida para el “patroncito”. Está en juego un proyecto de estado nacional que es bueno que sea centralista cuando ellos están en el gobierno nacional, y que en cambio debe ser autonómico cuando ese gobierno lo tiene “el indio”. Está en juego el futuro de Bolivia. Y claro, la desesperación lleva a estos sectores a la histeria, y la histeria los lleva a la violencia. Si agregamos al caldo de lo que está en juego, más el estado de ánimo de estos sectores, la excitación del racismo por parte de los medios de comunicación que entona un coro desbordado de agresiones contra el presidente Evo Morales, contra las nacionalizaciones, contra su partido -el Movimiento al Socialismo (MAS)-, contra los indios, contra los pobres, contra… Los ingredientes están completos para desembocar en la más asquerosa violencia que no tiene empacho en identificarse a sí misma como racista. La estrategia de Evo Morales ha sido desenmascarar a estos sectores que, en la medida que se envalentonan, muestran más su verdadero rostro. Un rostro que ofende a la población boliviana, a toda la América india y al mundo entero. Después de quemar los ponchos de los indígenas sucrenses, de haber caído a golpes de cadena de motocicleta a indígenas en Santa Cruz, o de pretender incendiar la sede del grupo indígena mayoritario de Beni, estos sectores ya no pueden ser presentados como “jóvenes universitarios en defensa de la autonomía”, sino que desnudan lo que son: esbirros del capital más reaccionario; en una palabra, fascistas’. Resta ver si es posible para el Gobierno del presidente Morales derrotar institucionalmente a estos grupos a través de los referendos revocatorios del mes de agosto, así como ratificar su gestión que busca hacer de Bolivia un país más justo, soberano y unido en su diversidad.

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