Los entretelones del Imperio

Nancy Mastronardi

Bajo la absurda excusa de la lucha antidrogas y contra el terrorismo, Estados Unidos es el verdadero progenitor de ambos males, y también es el creador de un gran enemigo mundial: el terrorismo mediático. El Plan Colombia, inicialmente concebido en 1999 por las administraciones del presidente colombiano Andrés Pastrana Arango y su homólogo estadounidense Bill Clinton, nació con una máscara: generar una revitalización social y económica, terminar el conflicto armado y crear una estrategia antinarcóticos. Sin embargo, desde ese año hasta ahora la guerra armada en Colombia continúa, más bien se ha recrudecido. La sociedad totalmente resquebrajada y la política antinarcótica sin funcionar. El punto más cruel del Plan Colombia se observó el pasado 1 de marzo, cuando el ejército colombiano violó la soberanía de Ecuador y masacró, bajo la supuesta la “lucha contra el terrorismo”, a 25 personas, entre ellos a uno de los comandantes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), alias “Raúl Reyes”. Se comprobó, a pesar de las mentiras de Uribe, que el armamento utilizado en dicha masacre era estadounidense. El Plan Patriota también está camuflado. Es una estrategia de guerra contra las FARC y el ELN, que lo venden como proyectos de desarrollo económico y social hacia la población que vive en la zona de conflicto; de ninguna manera es un plan orientado a luchar contra el narcotráfico como lo han manifestado voceros militares. El imperio, principal promotor de estos planes, pone de manifiesto su estrategia guerrerista, su principal mecanismo de ganancia económica, el negocio más rentable. Además, detrás de esas máscaras de desarrollo social y de paz, queda en evidencia el eterno deseo de los gobiernos de Estados Unidos de penetrar en los países de América Latina para poder controlar sus recursos y bondades. Las máscaras, tarde o temprano, siempre se desvanecen y sale a la luz los verdaderos rostros del imperio: invasión y guerra. Terrorismo mediático El terrorismo mediático no es más que otra herramienta del imperio para alcanzar los objetivos trazados mencionados anteriormente. En el portal Web de Cuba Debate, la escritora y periodista cubana Arleen Rodríguez Derivet publicó un artículo donde sostiene que “en el último año de la penúltima década del siglo XX, al caer el muro de Berlín, en casi todos los diarios del mundo, en casi todas las radios y televisoras del planeta, se dijo que por fin la tensa y angustiosa Guerra Fría había terminado. La única verdad de aquella colosal mentira fue que casi todos se la creyeron, sin sospechar que la noticia trataba, precisamente, sobre el tiro de gracia de una de las partes -la peor- en aquella conflagración mundial. Muchos de los cuerpos que saltaron gozosos en la celebración de la caída del muro, nunca llegarían a tener idea de la gran estafa de que eran objeto por parte del superpoder mundial. Otros lo descubrirían después, cuando ya era demasiado tarde”. Continúa Rodríguez: “Los sobrevivientes de aquella mentira de destrucción masiva, los que ni la creímos ni la aceptamos como destino fatal, pasamos a enfrentar desde entonces una nueva versión del mismo proyecto, sólo que en una escalada más agresiva y despiadada: la del terrorismo mediático”. Uno de los casos de terrorismo mediático se observó con la invasión de Irak por parte de Estados Unidos, donde los grandes medios privados del mundo entero apoyaron dicha práctica belicista, que comenzó hace cinco años. Destaca Rodríguez: “El modo francamente obsceno como se comporta esta práctica desde todo punto antidemocrática, al mismo tiempo que se clama por la democracia y la libertad de expresión y prensa, tiene su expresión más visible en los llamados periodistas incrustados en las tropas invasoras de Irak y la menos visible en una auténtica corruptela que practican sin rubor las autoridades norteamericanas sobre medios y organizaciones no gubernamentales financiadas generosamente por agencias federales, supuestamente concebidas para la promoción del desarrollo en otras naciones. Sólo en la guerra sucia contra Cuba, se han gastado los dineros del contribuyente norteamericano en partidas millonarias tan elevadas que, según analistas del propio stablishment, superan algunas de las llamadas ayudas al desarrollo de los países latinoamericanos en los últimos cuarenta años”. Las importantes revelaciones de Eva Gollinger en El código Chávez, libro denuncia que es suceso editorial en Cuba y Venezuela, aunque no se haya dicho nada sobre él en los centros exportadores de democracia, han venido a confirmar lo que hace varios años sostienen con igual escasa difusión muchos autores y analistas cubanos: el jugoso negocio que mueve las campañas mediáticas promovidas por el gobierno norteamericano como fuerzas de avanzada y ablandamiento de la moral colectiva para garantizarse la excusa de cada intervención, directa o indirecta en los destinos de otro país. Sostiene Rodríguez: “El terrorismo mediático tiene entre sus antecedentes directos, capítulos tan escandalosos como la siniestra Operación Peter Pan, que separó a más de 14 mil niños cubanos de sus familias durante toda la década del 60 del pasado siglo y entre los más recientes es el golpe de estado contra el mandatario venezolano, Hugo Chávez, una real operación transnacional que tuvo como artífices fundamentales a los grupos oligárquicos dueños y señores de los principales canales de televisión, radio y prensa escrita de Venezuela.
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