Concierto ¿por la paz?

Antonio Núñez Aldazoro

Quería escribir con más calma sobre este tema: sus implicaciones políticas, sus intereses ocultos, posiblemente acerca de la teoría crítica de la cultura, sobre cómo el show business utiliza su propia naturaleza para anular cualquier posibilidad de política, entre muchas otras aristas, pero al ver lo que está ocurriendo en la televisión no puedo sino sentirme violentamente obligado y desperdigar desordenamente estas palabras. La estupefacción que experimento por lo que veo (en este preciso momento) en la pantalla de la estación de televisión venezolana Venevisión, me deja boquiabierto. Con un aura de celebración, luces, fashion y espectáculo, esta empresa comunicacional está colaborando abiertamente con una de las acciones más sutiles pero temerarias contra el gobierno del presidente Hugo Chávez Frías. El concierto organizado por el cantante colombiano Juanes es parte (de eso no puede quedar la menor duda) de una acción global orquestada para desprestigiar el gobierno venezolano y para, como siempre, confrontar la paz (la música) con la supuesta guerra (la política). Por supuesto, la política está del lado venezolano, cuyo gobierno en una acción soberana ha respondido como debe ser a los ataques de los enemigos del proceso político que experimenta nuestro país. El intelectual venezolano Luis Britto García nos enseñó hace ya mucho tiempo, en su libro El imperio contracultural: del rock a la postmodernidad (Nueva Sociedad, 1994), como la industria cultural global se pone al servicio de las naciones dominantes del planeta para hacer más eficaces y efectivos sus mecanismos de manipulación de la conciencia. El cine, el teatro, la televisión y la música, tradicionalmente se han puesto al servicio de las ideologías. Pero ahora cuando estas “artes” se han convertido en un negocio de escala planetaria y su creación, circulación y venta se ve a sí misma en peligro por culpa de gobiernos progresistas como el venezolano, no es tonto pensar cómo sus implicados, léase políticos, gobernantes, empresarios globales, corporaciones mundiales y “artistas”, se ponen de acuerdo y trazan siniestros planes que convienen más a sus intereses particulares que a los intereses soberanos de las naciones. Esto no es especulación o teoría; es una realidad: las corporaciones dominan el mundo y cuando éstas se ven amenazadas actúan en consecuencia. Lo peor es que la industria corporativa mundial y la industria cultural global hicieron pactos de sangre hace décadas (bendecidos por el imperio norteamericano que es el primer productor global cultural e interesado) para defender sus intereses y, por esta razón, nos hemos visto ahogados pero felices bajo una masa de productos culturales que esconden ideologías y que de una manera muy sutil ayudan a que las verdaderas razones de su divulgación (que no son la música o el arte en sí) colaboren en la defensa de los intereses de las corporaciones transnacionales. ¿Quién es Juanes? Un simple empleado de Ford, Microsoft y Sony No hay tiempo en estas líneas de explicar los “cuadres” perversos entre las corporaciones globales de energía, por ejemplo (y que tienen sus ojos sobre Venezuela por sus últimas decisiones en esa materia), con las grandes cadenas comunicacionales que albergan empresas de música, cine y televisión. Eso está documentado en lo que se ha erguido como el instrumento más efectivo de su propia contracultura: Internet. Pero vale aquí decir que no hay que ser ingenuo, por ejemplo sobre Juanes. Lean su sitio web y vean los patrocinantes de su gira mundial: Ford y Microsoft. ¿Cuál es su disquera y la principal motivación comercial del lanzamiento de su disco? ¿No les suena Sony Ericsson? Aquí rápidamente vemos sólo tres grandes corporaciones (las dos primeras 100% NORTEAMERICANAS) que deben haber dado su opinión sobre la acción heroica de este “colombiano global”. Además, nadie puede dudar sobre el entramado de relaciones políticas y comerciales que hacen que la Cadena Radio Caracol, RCTV Internacional y Globovisión estén transmitiendo casi de manera simultanea este “concierto por la paz”. Todos vivimos la alianza estratégica de estos tres canales para socavar la credibilidad del gobierno venezolano durante la crisis pasada (bueno, que no ha terminado en realidad…). Tampoco debe sorprendernos la “extraña” euforia de Venevisión, quien ha desplegado todo un operativo para la cobertura de esta actividad. ¿O acaso de la noche a la mañana ya no existen las relaciones de la familia Cisneros con senadores cubano-americanos de los EEUU? ¿O de sus empresas con compañías globales de la comunicación como Estefan Enterprises (Emilio y Gloria Estefan), quienes son los principales financistas de las campañas antirrevolucionarias en América Latina y, por cierto, compañía a la que pertenecen casi todos los artistas que se presentan en este “dizque” concierto por la paz? Estamos ante una operación psicológica y esta afirmación no es una apreciación transnochada. Pero además es una operación de Relaciones Públicas o de Comunicaciones Corporativas, las cuales hoy en día tienen tanto o más efecto que la primera. El intelectual Noam Chomsky nos advirtió sobre esto en su libro Hegemonía o Supervivencia. El dominio mundial de EEUU (Norma, 2004): en este momento luego de la caída de la Unión Soviética los Estados Unidos tiene como único adversario fuerte a la opinión pública mundial. Y actividades como la que hoy se lleva a cabo en el Puente Simón Bolívar en nuestra frontera con Colombia es una “acción de comunicación estratégica”, como diría un gerente de RRPP de los años ochenta, que lo que busca es impactar en la opinión pública mundial (para eso saben prestarse los artistas globales) y que cualquier acción que atente (en su lógica) contra la paz sea condenada y ello justifique una acción contundente de EEUU. Unas preguntas finales: ¿Quién financia el concierto? ¿Ford? ¿Microsoft? ¿Sony? ¿La familia Estefan? ¿Por qué no fue Álvaro Uribe? ¿Quién diseñó la logística de traslado de tanta gente? ¿Qué gana Venevisión? ¿Globovisión? ¿RCTV Internacional? ¿Cuál será el próximo paso?
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