La televisión entre romeritos y sopas

Melva Josefina Márquez Rojas

La televisión se me parece al nivel que utiliza Pompilio cuando pega las baldosas en la pared. Es igual en todas partes, la misma publicidad, el mismo verbo barbie de las fresitas convertidas en niñas pobres para arrancarle lágrimas de sufrimiento al televidente -utilizo el genérico del género gramatical- que se bate en la poltrona o la cama control en mano y boca estirada hacia abajo, así. Como todos los años, muchos comen mucho. Entre romeritos, sopas, pastel de navidad, ensaladas con betabel, ron pope, tequilas varios y sidras en botellones, muchos citadinos se tienden sobre las mesas para luego sufrir con las pretinas y camisas cuyos botones pueden convertirse en un arma ocular para quien se pare en frente.Muchos muchísimos otros sólo atinan a seguir haciendo lo que por costumbre impuesta del hambre hacen, vender lo que pueden o simplemente ver lo que los demás hacen. La televisión sólo menciona estas gentes cuando, como hoy, hay una ola de frío, varios mueren y otros se intoxican con el humo que arroja la leña en sus casitas de las ciudades perdidas que deambulan por la gran ciudad. No hay nombres, tan sólo cifras. Igual que el atentado en Pakistán donde pareciera que sólo una persona era la importante -y lo era por su trayectoria, dinero y relaciones- mientras que de las decenas que murieron nadie sabe sus nombres –como que no tenían trayectoria, dinero ni mucho menos relaciones-. Ellos como miles forman parte de las estadísticas, de los porcentajes que utilizan en las oficinas integrales, café aguado y olor a cacharel, y de eso que muchos reniegan cuando alguien herrado con un número pasa por delante.Las entrevistas de hoy, aquí y allá, no pasan de ser de buenos deseos para el año. “Me propondré a quitarme los rollitos” -no se sabe si los laterales o los de la la mera torre-, respondió uno. “Dejaré de fumar”, dijo otro con su sonrisa congelada -¡A que no!-. “Me casaré”-saltó otro- porque ya está bueno de farandulear y hay que asentar cabeza. ¿Y con quien te casarás, licenciado? -Pos con la primera que se me pare al frente -¡Upa cachete!-Eliminar los melodramas sería un buen deseo para el año, digo yo. Los melodramas pretenden, y muchas veces lo logran en parte, reflejar la sociedad que los genera. En México pareciera que las razones para llorar superan con creces el número de culebrones; sin embargo, los culebrones lloran por herencias arrebatadas o puntapies que el malvado le mete al bobo de la yuca para que al final todo termine en boda, último deseo de la sociedad, según los guionistas, primos del nivel de Pompilio. Así las cosas, Juliana con secuelas de polio y 16 años pagando renta no entra porque ya nadie manda a zurcir, poner valencianas, coger ruedo al pantalón o pegar botones. La televisión no los promociona. El panadero de Tizapan, quien en su bicicleta va pregonando las teleras, los gendarmes, los chinos, las banderillas y los bísquets tampoco entra porque la televisión sólo publicita cadenas de pan. Mucho menos Pompilio con su nivel y sus paletas porque no usa corbatas de marca y no anda metido en la gobernación para servir a los burgueses de turno, anden o sean aspirantes número uno para guaruras, zapaticos cacharel y audis con camarones al ajillo.

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