Irán destruyó con su verdad la mentira que EEUU construyó para invadirlo

Hernán Mena Cifuentes

El uso de la mentira ha sido una constante en la historia de Estados Unidos en su afán por conquistar al mundo, desde que hace casi dos siglos puso en marcha su proyecto para convertirse en un imperio al invadir a América Latina y el Caribe y más tarde, al desatar guerras en otras partes del planeta como el sudeste asiático contra Vietnam y Camboya, y en el Medio Oriente y Asia Central contra Irak y Afganistán, pero, su plan también ha fracasado hoy, cuando, a punto de atacar a Irán, la verdad, abortó fin su diabólicas falacias. Un Informe de las agencias de Inteligencia de los EEUU, sorprendió al mundo el sábado pasado, al anunciar que Irán había suspendido en 2003 los trabajos para el desarrollo de armas nucleares, desmontando así el andamiaje de mentiras que durante los últimos años había levantado Washington, al asegurar que el país persa se disponía a fabricar artefactos de ese tipo, mentira orientada a justificar una eventual invasión, como lo hizo en Irak hace cuatro años, al aportar falsos documentos en los que se indicaba que Bagdad poseía armas de destrucción masiva. Aunque se desconocen los motivos que tuvo el Imperio para dar a conocer el Informe, el mismo da toda la razón a Teherán, que sostuvo firmemente que su proyecto es pacífico, dirigido a producir electricidad, y no artefactos nucleares como los tiene EEUU, la mayor potencia nuclear del planeta, única en usar hasta ahora el terror nuclear, como lo hizo en 1945, al lanzar sobre Hiroshima y Nagasaki dos bombas atómicas que mataron a 200 mil personas, mientras que algunos de los sobrevivientes siguen muriendo y miles de niños nacen con malformaciones por causa de la radiación que provocaron. La campaña de mentiras imperiales contra Irán, contó, y aun cuenta, con el apoyo irrestricto de sus aliados de Europa occidental y de un grupo de países tercermundistas miembros de la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA) que, presionados por el chantaje político y económico de Washington permitió, a pesar de la digna posición asumida por Venezuela y Siria, que se negaron con su voto de dignidad y soberanía, a que el caso fuera llevado al Consejo de Seguridad de la ONU, donde Washington y los europeos de occidente tienen mayoría. Sin embargo, el rechazo de Rusia y China a las medidas punitivas que EEUU exigía contra el país persa, no prosperaron y solo algunas sanciones moderadas fueron adoptadas contra Teherán, las cuales, aunque no son tan brutales como las que proponía Washington, afectan de alguna manera los intereses económicos de Irán. De pronto, de la noche a la mañana las cosas han cambiado, y el mundo observa optimista y tranquilizado, cómo la luz de la verdad disipó las tinieblas de la mentira, alejando el fantasma de una nueva guerra, que el Imperio pretendía desatar contra Irán, con la misma agenda y el mismo guión de mentiras que escribió hace cuatro años para invadir a Irak, asegurando cínicamente que Bagdad poseía armas de destrucción masiva. “Mentiroso”, “Engañador”, “Deshonesto”, fueron algunos de los calificativos que los diarios estadounidenses escogieron para designar a George W. Bush, tras conocerse el informe de la inteligencia yanqui, y si hay algo que el pueblo estadounidense no perdona, es que se le mienta, por lo que seguramente, el grado de confianza que tiene sobre ese hombre de escasa inteligencia que es su presidente, se verá reducida a tal extremo, que batirá el récord del bajo porcentaje que hasta ahora tiene en las encuestas de opinión, y posiblemente llegue a cero. Por increíble y absurdo que parezca, las conclusiones del Informe, no han sido aceptadas por Bush, por sus “halcones” y por algunos de sus aliados europeos, quienes insisten en señalar que “Irán sigue siendo una amenaza”, pues, a pesar de lo afirmado a última hora por la inteligencia yanqui y desde hace varios años por Teherán, mantienen su posición original de que deben mantenerse las presiones y acordarse nuevas sanciones contra el país persa, sin excluirse la terrorista opción militar. Bush fue el primero en proponerlo, y de inmediato lo secundó Condoleeza, “la chica negra, descendiente de esclavos que habla por la voz de su amo blanco”, como la designó Robert Mugabe, y después de ella, repitieron lo mismo, la canciller Angela Merkel, de Alemania, y el presidente francés Nicolas Sarkozy. Por su parte, el presidente iraní Mahmoud Ahmedinejad, desde Teherán, opinó sobre el Informe de la inteligencia yanqui, calificándolo como “una victoria y una reivindicación para Irán-. El Reporte -agregó- dice claramente que el pueblo iraní estaba en la dirección correcta. Hoy Irán se ha convertido en un país nuclear y todas las naciones del mundo han aceptado este hecho”, dijo. Pero si lo afirmado por el mandatario persa constituye una realidad inconmovible, ésta se ha visto reforzada y esclarecida aún más, por la figura de un hombre respetable e insobornable como Mohammed ElBaradei, director de la AIEA, quien a lo largo del enfrentamiento entre las posiciones asumidas por EEUU y sus aliados y la Irán en el marco del conflicto, se tornó en un juez imparcial y justo, criticando severamente a aquellos que amenazaban con la guerra, al tiempo que advertía que sería una locura si lo hacían pues no existía prueba alguna de que Teherán estuviese fabricando armas nucleares. “Las conclusiones del Informe de las agencias de inteligencia estadounidense son similares a las de la Agencia Internacional de Energía Atómica, declaró ElBaradei. El Informe ofrece señales de alivio, porque es consistente con nuestras evaluaciones”, -expresó- agregando que con ello se abre una ventana de oportunidades para Irán que, –dijo- se ha reivindicado al decir que no ha estado trabajando en programa de armas nucleares por lo menos en los últimos cinco años. Las autoridades iraníes, -concluyó- tienen ahora que aprovechar la oportunidad para probar que tienen planes pacíficos para el desarrollo de la energía nuclear.” Sin embargo, un imperio cuya meta es la conquista del planeta, es sordo a la voz de la razón y ciego a la realidad de un mundo que aspira a la paz, y rechaza la guerra y, en un alarde de soberbia y prepotencia, junto con sus aliados europeos, insiste en su campaña de falacias para hacer crear lo que ya nadie cree, ni ellos mismos, pues lo único que pretenden con esa mentira, es adueñarse otra vez del petróleo de Irán, sueño que persiguen desde que la Revolución Islámica recuperó para el pueblo la riqueza que saqueaban, junto con su religión y su cultura milenarias, como lo hicieron en América Latina, el Caribe y otras regiones del mundo. Y es que la historia registra en sus anales la espiral de muerte, destrucción, hambre, pobreza que EEUU desplegó por el continente americano para adueñarse de sus ingentes recursos naturales, riqueza mal habida que contribuyó a que esa nación se convirtiera en una superpotencia económica y militar, y después en el imperio más poderoso del planeta pero, que al igual que los que le antecedieron, la ambición sin límites y el irracional empeño por expandirse aún más a costa de las guerras, lo han conducido a un estado tal de declinación que ya se avizora su inminente extinción. Desde desde México hasta Argentina, a través de la extensa geografía de Norte, Centro y Sudamérica, las hordas imperiales atacaron a esos países mientras simultáneamente hacían lo mismo con los resto de los que conforma el rosario de islas del Caribe, desembarcando sus marines y colocando serviles dictadores y gobernantes pseudos demócratas quienes junto con las oligarquías criollas se convirtieron en sus guardianes y vasallos para administrar la rica hacienda a la que llamaron su “patio trasero”. Venezuela fue la nación latinoamericana que en las últimas décadas, mas recursos aportó a las arcas imperiales gracias a su ingente riqueza petrolera, nación a la que más tarde se sumaría Irán, en Asia Central, donde “Las 7 hermanas” se adueñaron del país persa, colocando al sanguinario Sha Reza Pavlevi, otro lacayo impuesto por la CIA que masacró a su pueblo y trasculturizó, por instrucciones de Washington, a la clase rica y media del país, pretendiendo destruir su religión y su cultura, hasta que los ayatolas, fieles guardianes de las mismas, se rebelaron junto con el pueblo y lo derrocaron. Fue ese triunfo, conquistado por el pueblo iraní en 1979 después de más de dos décadas de lucha, junto con la victoria del pueblo vietnamita, alcanzada cuatro años antes, en 1975, luego de más de 30 años combatiendo, primero contra el imperio francés y luego al de EEUU, los que marcaron como dos hitos históricos, el comienzo del declive del imperialismo yanqui en el continente asiático, declive que se acentuaría veinte años más tarde en América Latina, cuando en Venezuela triunfó la Revolución Bolivariana liderada por el presidente venezolano Hugo Chávez Frías. El ejemplo dado por Venezuela, fue la chispa inicial de un incendió que se propagó por el resto del continente, al propiciar, como había ocurrido en la patria de Bolívar, el triunfo de varios gobernantes progresistas en sendos procesos comiciales democráticos y transparentes como los que habrían de darse sucesivamente en Brasil, Bolivia, Uruguay, Nicaragua y Ecuador culminando así el proceso regional revolucionario que 1959 se había iniciado en Cuba, con la revolución armada liderada por Fidel Castro. Pero el Imperio, como fiera herida, sigue siendo peligroso, y viéndose desalojado de los territorios de donde su sociedad obscenamente consumista aún se nutre de los recursos que saquea, especialmente del petróleo que alimenta su maquinaria bélica, sus fábricas y su parque automotor, los más grandes del planeta y los más contaminantes, porque, a pesar de constituir apenas el 5 % de la población mundial, EEUU consume el 25 % del energético que se produce en el planeta, decidió invadir primero a Irak y Afganistán, mientras diseñaba planes para invadir también a Irán y Venezuela. Es por ello que Venezuela sigue siendo objeto de una brutal conspiración por parte de Washington y sus vasallos de la oligarquía criolla y los medios privados a su servicio, orientados a destruir a la revolución pacífica que lidera Chávez, sin descartar la opción de una invasión armada, mientras que Irán es simultáneamente víctima de una agresión en la que participan como cómplices de EEUU, varias naciones europeas de Occidente, deseosas de poder hundir otra vez sus garras colonialistas en el país persa, como antes lo hicieron en otras naciones de Asia, y también en África y América. Porque, la conspiración de mentiras, desatada contra Irán por el Imperio, la impulsa, además de su deseo de adueñarse de su inmensa riqueza petrolera, un enfermizo y tozudo empeño revanchista, que tiene su razón de ser en la frustración de ver cómo han fracasado hasta ahora, todos los intentos realizados para destruir a la República Islámica de Irán, instaurada hace 28 años por los ayatolas y el pueblo iraní, que derrocaron al sanguinario y perverso Sha Reza Pavlevi. Es un síndrome de derrota del que tratan de escapar desde la caída del Sha y que afecta desde entonces a los gobernantes yanquis que, para librarse del mismo, apoyaron y estimularon la guerra que Irak lanzó en 1980 contra el país persa suministrando a Bagdad información logística satelital, equipos de aire mar y tierra como helicópteros, municiones y armamento, incluyendo letales armas químicas como el gas mostaza que mató a miles de soldados iraníes, en un conflicto que duró ocho años, y en el que murieron un millón de combatientes de ambos bandos, 600 mil de ellos iraníes, y que terminó sin que el Imperio lograra su objetivo. Años más tarde el Imperio fracasó de nuevo, al intentar rescatar a un grupo de espías estadounidenses retenidos por las brigadas revolucionarias iraníes en la embajada de EEUU en Teherán, cuando una flotilla de helicópteros, enviada con un contingente de marines a bordo para liberarlos, fue sorprendido por una tormenta de arena en una zona del desierto donde habían aterrizado, destruyendo a una o varias de las aeronaves, frustrándose de esa manera la operación de rescate. A pesar de sus fracasos, el Imperio prosiguió en su demencial afán de destruir a la Revolución Islámica de Irán, propiciando y financiando campañas desestabilizadoras internas que han sido desmanteladas, hasta que finalmente recurrieron junto con sus cómplices europeos e Israel, su gendarme en la región, a la perversa mentira de acusar a Teherán de estar desarrollando armas de destrucción masiva, amenazando con bombardear las centrales nucleares del país y enviando una poderosa flota aeronaval al Golfo Pérsico, como parte de un plan de invasión ampliamente difundido por los medios. Repentinamente, y cuando menos se esperaba, brilló la luz de la verdad al final del túnel de mentiras construido por Washington, de donde salió un Informe que otorga la victoria y reivindica a Irán al comprobarse que no construye armas nucleares, por lo que no volverá repetirse allí el crimen de lesa humanidad que significó la invasión a Irak, sustentada en esa irrefrenable vocación de EEUU por hacer la mentira un instrumento para fabricar guerras en el marco de su plan para dominar al mundo, porque es un Imperio en declive y en vía de extinción.

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